Tropical Malady

marzo 17th, 2010 por henriquelage

I.

Discuto con amigo sobre mi pasión hacia cierto tipo de géneros. La discusión viene a través de nuestro cuestionamiento sobre como los gustos personales nos predisponen a favor y en contra, y si hay alguna forma de desembarazarse de ello, o al menos, sacar de estos un provecho. En mi caso, hablamos de como me fascina la figura del Otro en un sentido medianamente tangible: los monstruos, los alienígenas, los robots, los espíritus. Consigo defenderme de las acusaciones de imparcialidad como buenamente puedo, justificando esa pasión: me interesan las criaturas no humanas por como su presencia pone un nuevo baremo a lo que consideramos ‘humano’. En que medida se parece y en que medida se diferencia. Mi compañero de debate lo acepta sin pleno convencimiento.

II.

Ante el agotamiento que causa la producción en cadena de cine, desprovisto de cualquier tipo de personalidad o sorpresa, hemos girado la cabeza en todas direcciones, buscando aquel otro cine que nos satisfaga. Por supuesto que hemos encontrado piezas sumamente interesantes, pero también se ha caído poco a poco en esa tendencia a destacar todo aquello que sobresalga, independientemente de las causas, del conjunto o incluso de su valor. Muchas veces me he encontrado con recomendaciones que no se diferencian tanto en espíritu de ese cine prefabricado, como si cada nueva corriente necesitase ser imitada hasta que se agote. Y al contrario que otros medios, aquí la réplica hace perder valor al original.

III.

Mi acercamiento a “Tropical Malady” venía precedido de dos malas señales: la primera, la clásica no recomendación de un amigo de gustos afines, la segunda, el poco interés que me despertó mi primer vistazo al mundo de Apitchatpong Weerasethakul, la igualmente laureada “Syndromes and a century” (2006) en comparación con autores igualmente adscritos a corrientes cinematográficas muy similares, pero de mayor enjundia. Se podría dar un tercer motivo menos sólido, que era la sensación de la que película recibía sus aplausos por el habitual gusto de diferenciación que una historia de un país poco destacado en exportar su cine como Tailandia, y una historia de amor homosexual y aires contemplativos, parecía contar con incondicionales a cualquier precio. Mi sorpresa fue encontrarme que, aún conociendo el desarrollo de la historia, con su abrupta división en dos partes muy diferenciadas, asi como los planos que más se han destacado por su significancia (una despedida en la oscuridad, un acercamiento chamánico), conseguí disfrutar bastante más de lo que la propuesta me hacía esperar. Todo ello engarza con una reciente coincidencia entre el visionado de varias películas que cuentan con un animal como elemento catártico en su construcción. Con esa irrupción de la naturaleza, en un sentido místico, quehace que la cámara parezca introducirse en un terreno inexplorado, virgen, sobre el que aún quedan muchas imágenes que rescatar.

I. + II. + III.

Entonces saco una conclusión pobre, pero alentadora: mis prejuicios por adherirme a la figura del Otro han ganado a los prejuicios por la siempre sospechosa revindicación de un cine diferente. Las virtudes que subjetivamente encuentro en la película le gana a aquellos posibles defectos que me harían no tener en cuenta para nada la película. Y extraigo de ello la capacidad de un director por encalidar más allá de fronteras, idiomas, exotismos, corrientes y temáticas: de hacerlo con un idioma tan universal como son las imágenes. Que conseguir que esas imágenes rompan cualquier barrera en el espectador. Al menos, en mi caso, tengo que reconocerle ese mérito.

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La nueva autoafirmación del meme

marzo 2nd, 2010 por henriquelage

Cuando Richard Dawkins acuñó el término ‘meme’ en su libro “El gen egoísta” lo hizo para definir el concepto del elemento cultural que se transmitía a partir de la replicación y por tanto, de la imitación. El meme es aquel elemento que adquiere relevancia en función de cuantas veces es reproducido, o lo que es lo mismo, la clave del meme es la reiteración. Con la llegada de internet, el meme obtuvo una relevancia inusual: una red de comunicación donde los contenidos se repetían constantemente pero que también se perdían en un incontable mar de referencias y enlaces continuos. El meme alcanzaba así una notoriedad inusual, en muy poco tiempo unas pocas personas podían hacer de un elemento un meme perpetuo pero, como ya hemos señalado, eso implicaba que la relevancia del meme era inversamente proporcional a su significado: cuanto más popular es un meme, menos sentido tiene y menos sabemos de su origen. Asi que la repetición y consolidación del meme no estaba a la par que la autoafirmación, pues la popularidad traía consigo una negación del meme en sí mismo. Hay en internet un afán por ser una nueva biblioteca de Alejandría que sirva como compendio del saber de la humanidad, incluso de sus elementos más intrascendentes y el meme no iba a ser menos: un meme puede ser popular y a la vez no perder su significado, pero para ello, hay que indagar. Un código que todo el mundo conoce como símbolo pero cuyo significado solo es de dominio para unos pocos puede perpetuarse, pero su efectividad está puesta entredicho. Por lo tanto, internet reaccionó y descubrió que la mejor de evitar la pérdida de esos significados pasada por dos fases: la primera era definirlos, de lo que se encargan páginas como Urban Dictionary, pero el siguiente paso era aún más complejo, se trataba de documentar el origen y evolución del meme, y pese a los objetivos enciclopédicos de internet, su rapidez es pareja a la celeridad con la que evoluciona y por lo tanto, con la facilidad con la que los datos no solo pueden estar realmente lejos de búsquedas conciencudas, si no directamente, que la información se haya perdido. Know your meme ha ido recopilando algunos de los memes más populares, con un buen puñado de ejemplos y con programas que no solo explican origen y evolución de esos memes, si no los motivos de su popularidad o reflexiones más o menos atrevidas sobre su relevancia en la sociedad.

Uno de los últimos memes en destacar ha sido Epic Beard Man: a partir de este vídeo en la que un hombre maduro golpea a un chico de raza negra en un autobús público de Oakland (California), empezó la popularidad de Thomas Bruso, un veterano de Vietnam cuya salud mental es motivo de duda. el incidente obtuvo una respuesta inmediata, incluyendo una localización del lugar donde la persona que lo registró vívia y que al parecer había sustraído la mochila del veterano, la responsable del vídeo y su continuación era Iyanna Washington, que ante la presión de los internautas acabó grabando un video de respuestas por el robo y por sus comentarios racistas, provocando al chico negro para aumentar la hostilidad entre este y Bruso. La propia autora del vídeo resultaba perjudicada por los comentarios que hacía en él, y su actitud posterior en una entrevista a la cadena de televisión CBS 5. Pero lo cierto es que no era el primer incidente en el que toma parte Bruso y que había sido popular en internet: en agosto del año pasado, Bruso era increpado por varios guardias de seguridad en un partido de béisbol, y finalmente caía en redondo ante el uso nada justificado de un taser eléctrico por parte de uno de los agentes. Con todo esto en pocos días, Epic Beard Man había nacido. Por todo lo dicho antes, el hecho de que existiese un amplio registro de toda la evolución del meme simultáneamente a como se iba creando, podría significar que había información más que suficiente para estar satisfecho, incluyendo en ella, una posterior entrevista a Bruso con su versión de la historia. Pero “I Am A Motherfucker” es un documental en dos partes, dirigido por Nathan Mass, que sigue una jornada con Bruso, un pequeño repaso a la probablemente desquiciada mente de este californiano de 62 años, a como acepta su nueva popularidad, a su vida, su entorno y, como el propio nombre del documental recalca, su actitud. Con ello, la necesidad de indagar en los memes adquiere un carácter nuevo: la de acercarse al lado humano, sea este positivo o negativo, que hay detrás de ellos; dejar de lado el chascarrillo o la endogamia de la red para salir a la calle y dar otro punto de vista al mundo.

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Apuntes: esbozo de la narración sugestiva (I)

febreiro 10th, 2010 por henriquelage

En el videojuego “Half Life 2: Episode Two”, el protagonista, Gordon Freeman, cae accidentalmente – y nosotros con él – en una mina abandonada que le conduce hacia una peligrosa colonia de “hormigas león”, insectos gigantes con gran instinto territorial y muy agresivos. Nuestro objetivo entonces es reunirnos con un grupo de rebeldes y amigos atravesando esa colonia. Por el camino, la única forma de sobrevivir a los constantes ataques de las criaturas es aplastando un tipo de larvas que recuperan nuestra salud. Una vez llegado al punto de reunión, y a salvo, los personajes nos cuentan que tienen suerte de estar bien protegidos, ya que la única forma de que las hormigas león descubran su posición sería que estas oyesen el grito de dolor de sus crías… las mismas larvas que hemos estado aplastando sin piedad para nuestro propio beneficio. Inmediatamente, las hormigas invaden el sitio.

Lo que tiene ese momento de especial para el jugador es la relevancia de la información: no se trata de que este dato permanezca oculto y se descubra como una sorpresa, si no de que lo que en un momento nos resulta un apoyo, una herramienta para superar un obstáculo, se convierte en la consecuencia de nuestro propio obstáculo. La manera de hilvanar esa causa se retiene en la mente del espectador ¿Habrían atacado las hormigas el refugio si no hubiesemos pisado a sus crías?. Evidentemente, los diseñadores del juego han buscado la manera de que resulte imposible no llegar a matar al menos a una de esas larvas, pero el jugador aún así, asume esa responsabilidad ya que la interacción con el medio le ha llevado a ejecutar el mismo esa acción, incluso no ha tenido otra alternativa, y por tanto, lo ha responsabilizado de los hechos. Esa es la elegancia en la materia de la narración sugestiva, que quién me haya seguido en anteriores blogs, confirmará como una de mis principales obsesiones. La capacidad del narrador para implicar a su público a través de la dosificación de información, de como esta es suministrada sabiendo de antemano que el público hará sus conjeturas, de como modificar coherentemente lo que creíamos saber para ponernos en una posición de vértigo, donde nuestras creencias se caen no porque nos hayan engañado, si no porque nos hemos engañado a nosotros mismos, sin cuestionarnos lo poco que creíamos saber.

Uno de los máximos exponentes es el magnífico manga de Naoki Urasawa “20th Century Boys”. El juego que allí se mantiene entre lo que creemos ver y lo que realmente hemos visto está realizado con una muy estudiada estructura para dejar al lector suponer cosas por adelantado, que por supuesto, no serán como el lector imagina. Esto se diferencia sustancialmente de las habituales maneras tramposas de decirle al público que debe pensar para luego contradecir la información suministrada: en la narración sugestiva, la sorpresa no contradice a los datos anteriores, si no que da una imagen de conjunto que nosotros no éramos capaces de interpretar y la completábamos según nuestro propio marco de referencia, deshechando cualquier alternativa. Un buen ejemplo visual sería este video:

Pero: ¿hasta que punto se puede entender esto como una fórmula?. Los intentos por repetir este efecto no siempre progresan. Es, precisamente el manga de Urusawa, el que deja bien claro el auténtico misterio que se esconde detrás de desentrañar un paso admisible entre no ofrecer todos los datos y revelar el conjunto; esa zona intermedia que exige que el público haga de sus conjeturas una verdad inamovible pero que, sin embargo, no pueda adelantarse a lo que el autor ha trazado desde un principio. En el número 18 de “20th Century Boys”, la aparición de un supuesto niño milagroso que puede doblar cucharas termina revelándose como un fraude, “Descubrieron tu truco” le replica un adulto, y el niño contesta “No era ningún truco”. Urusawa justifica de esta manera las habituales acusaciones que caen sobre este tipo de relatos, donde es fácil pensar que el autor improvisa y ata cabos después – ¡como si eso le restase valor en lugar de añadírselo! – o que el hecho de que no seamos un público omnisciente pueda considerarse como una tomadura de pelo. No soportamos que nuestra mirada y por tanto, nuestros pensamientos, sean “dirigidos”; y por supuesto, no admitimos que aquello en lo que creíamos pueda no ser cierto. Nos falta humildad1 para admitir que al enfrentarnos a esos medios (videojuegos, cómic, literatura, cine) nuestra mirada, sea omnisciente o no, siempre está manipulada. Pero lo verdaderamente interesante es lo que extraemos de esa manipulación, la manera en que adquiere relevancia, como lo hacen esas larvas que son primero salvación y después perdición. Allí donde creíamos ser responsables de nuestros actos hemos sido, como bien se ha encargado de reflejar siempre la saga “Half Life”, conducidos sobre raíles. Y esa es la verdad: que cuando algo se escapa de nuestro marco de referencia, no somos capaces de admitir que “no era ningún truco”.  Que nunca hemos sido engañados.

¿De donde sale todo esto?. “Half Life 2: Episode Two” y “20th Century Boys” tienen puntos en común: el primero forma parte de una saga de videojuegos que toma de inspiración el relato “La niebla” de Stephen King, en la que un accidente en un laboratorio propicia la entrada de criaturas alienígenas convirtiendo la Tierra en un infierno para el hombre; el segundo parte de un tipo de coordenadas muy similares a otros relatos de King, como “El cazador de sueños”, “It” y “Cuenta conmigo”, donde el Mal tiene la clave de su origen en los juegos de nuestros amigos de la infancia. La serie favorita de Stephen King es, por supuesto, “Perdidos”, que ha hecho más de un guiño al escritor; pero además “Half Life 2: Episode Two” cuenta con varias referencias ocultas a la serie de moda: un logotipo de Dharma o los números malditos pueden verse a lo largo del juego. Esos nodos hacen suponer que tienen un entramado común, o al menos, un mismo origen. Pero de eso ya hablaremos en otro momento.

[1]: Se suele asumir que los narradores tienen que evolucionar con el paso del tiempo, pero nunca nos atrevemos a plantear la idea de que los espectadores también tienen que aprender a lidiar con las nuevas narrativas. El público suele ser tanto o más conservador que el autor, lo que se retroalimenta e impide que se den paso a propuestas más arriesgadas. Pero ese es otro tema.

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Apuntes: Grant Morrison revindicando el dadá

decembro 10th, 2009 por henriquelage

Me entero de la existencia de este documental en torno a la figura de uno de mis creadores predilectos, el guionista de cómics Grant Morrison, mente preclara, lisérgica y chamanística que es capaz de crear alguna de las historias más inteligentes y desasogantes que he tenido el placer de leer, así como nunca exentas de una poética visual, independientemente del dibujante que le acompañe. Morrison, pese a gozar de una muy merecida fama, nunca ha ocupado portadas de suplementos dominicales, es decir, no ha saltado más allá de los que seguimos el mundo del cómic con cierto interés; pero también se ha de tener en cuenta que los autores que sí lo han hecho, como Alan Moore, Stan Lee o Frank Miller (nombres más familiares para el profano) lo han sido en relación a las adaptaciones de sus obras al cine. Con el futuro abierto para que tanto Morrison como Mark Millar o Warren Ellis den saltos de relevancia a la gran pantalla en el próximo lustro, me interesa destacar la figura del autor de “Animal Man” y “Los Invisibles” en función de algo no muy apreciado: la narrativa caótica. Y es que figuras como el mentado Alan Moore basan sus textos en elaborados y complejos discursos metalingüisticos, autorreferenciales y plagados de subtramas y personajes empáticos, algo que resulta tremendamente fácil de apreciar por dos simples motivos: se pone en evidencia durante la primera lectura y por su propia complejidad, nos acerca al duro trabajo que hay detrás de cada línea de guión. Esto ocasiona una animadversión a toda aquella narrativa no calculada, en el sentido de que no viene precedida de grandes discursos morales o de intrincadas tramas con resoluciones que cojan desprevenido al lector. Sim embargo, la lectura de obras de Morrison como “Seaguy” (que él mismo ha calificado como “su Watchmen”) o “Doom Patrol” revelan un particular interés por interrelacionar iconos o escribir diálogos más por su sonoridad, su poética surreal, que por resultar informativo o mucho menos, sermonístico. Más allá de las complejas mitologías superheróicas, Morrison parece mucho más interesado en el símbolo que en su significado; lo que me lleva a apreciar, entre otros muchos motivos, su obra por la libertad que deja al lector de asumir toda esa información caótica por sí mismo, sin corolarios obvios, sin renunciar al cómic como una amalgama de personajes, realidades y argumentos cogidos con pinzas de la ciencia ficción más marginal para entrener mensualmente al lector con épìcas aventuras de estéticas horteras. Sin despreciar, ni mucho menos, la obra de Alan Moore o semejantes, solemos infravalorar todo aquellos que no esté calculado y medido bajo un canon, despreciamos con frecuencia la inventiva y el carácter más impulsivo y sensorial de un medio, en este caso el cómic, que ha demostrado que nos puede llevar más allá de donde nos imaginamos.

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Interludio: sobre el nuevo Prisionero

novembro 21st, 2009 por henriquelage

Los remakes de cualquier tipo suelen tener mala fama; sobre todo, bajo el punto de vista de quién considera el original algo irrepetible y ligado a su contexto. Este prejuicio tiene parte de razón, pero sigue siendo un prejuicio y la prueba de que un nuevo punto de vista sobre la misma historia puede resultar tanto o más interesante que la obra original. Sin embargo, hay un punto que rara vez se aborda a la hora de hablar de remakes y es la distancia entre la obra original y la nueva versión, dos puntos que permiten trazar una línea, un objeto gráfico que nos habla de la representación de nuestro tiempo entre los cambios acontecidos para que exista esa distancia entre un punto y otro. La nueva versión de “El prisionero” es muy disfrutable, pero plantea ciertas preguntas con respecto a aquello que la diferencia de la original. Quizás el punto, a mi parecer, más conflictivo es aquél en el que encontramos que allí donde “El prisionero” original carecía de identidad, motivo o justificación alguna, aquí el mayor peso viene en descubrir esos puntos; o en como es necesario que tengan que trazan tan obviamente la atmósfera surreal con su origen, explicitando el porqué de una estética. Todo esto es innecesario pero pone de manifiesto la muy temerosa actitud de sus responsables ante un posible rechazo del público. Que haya sido despechada con tanta celeridad es otra prueba de ello. Y es que la nueva exigencia del espectador no es sólo el suspense o la sorpresa, si no también las respuestas: el nuevo espectador es ahora el nuevo Número 2, solicitando “información”. Hemos perdido la actitud ácrata del Número 6, capaz de una revolución surrealista y bohemia en su última aparición. Así, la nueva encarnación de “El prisionero” es un muy interesante relato de ciencia ficción, pero que prefiere centrarse en las pequeñas propuestas de contenido que en la forma. Y entre un punto y otro, esto es lo que hemos perdido.

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Cine: 1895 – 2009.

outubro 11th, 2009 por henriquelage

No hay casualidades. Todo es consecuencia de algo, todo tiene un objetivo y está organizado. Lo que no quiere decir que haya sido plenado por un ente pensante. A veces los profetas no son los que aventuran el futuro, si no los que son capaces de, como dice Larry David en “Whatever works”, see the big picture.

- La mala opinión de Armond White, crítico de New York Press, sobre la película “District 9″ trae como consecuencia que la puntuación media de la película en la página web Rotten Tomatoes no alcance el tan ansiado 100%. Eso provoca la furia de los usuarios contra el crítico, que pasa a ser la bestia negra de la critica cinematográfica en internet bajo el apodo de “troll”.

- Se estrena “Malditos Bastardos”, la última película de Quentin Tarantino. Un canto a favor del cine como herramienta transformadora de la realidad. Entre los innumerables y asfixiantes guiños cinéfilos, nos encontramos con un personaje que es a la vez, héroe de guerra y crítico de cine.

- Glenát recopila, aprovechando el tirón del estreno de la nueva película de Amenábar, las tiras cómicas que el escritor y crítico de cine Jordi Costa y el dibujante Darío Adanti han ido publicando periódicamente en la revista “Mondo Brutto”, bajo el título de “Mis problemas con Amenábar”. En esta nueva edición se da buena cuenta de algunos de los principales defectos que componen el panorama cinematográfico español, desde los festivales

- Fernando Trueba proclama que “el cine español es un montón de mierda del que surgen cosas hermosas” en una entrevista para El Mundo. Su película, “El baile de la Victoria”, basada en la novela de Antonio Skármeta, es preseleccionada para representar a España en la categoría de Mejor película en lengua no inglesa en los Oscars.

- El director del ICAA, Ignasi Guardans, anuncia la “discriminación positiva” como una salida para promover la falta de miradas femeninas en la realización cinematográfica en España. La noticia divide las opiniones del sector.

- En una carta a El País, el director Elio Quiroga pide una solución al problema de las descargas ante la necesidad de su cine, que no ha gozado nunca de una distribución razonable, pueda generar beneficios a partir de las ventas para el mercado doméstico de dvd.

- El director Jaime Rosales expone, en una carta a El País, su deseo de que el cine español se despolitice; aunque para ello se dedique a minusvalorar el cine “mediano”, aquel que no se centra ni en generar beneficios ni en producir arte.

- Los destructivos responsables de Lló Lo Beo Así contraatacan con la publicación de “Mussolini saludaba de película“. Más de una docena de firmas de sorprendente claridad expositiva dan cuenta de que el cine, en realidad, es una cosa un tanto estúpida, que nisiquiera merece tanta notoriedad. Y es que, si da para hablar tanto, es sin duda porque es mínimo común denominador, algo totalmente denostado, omnipresente y aburrido, en boca de todo el mundo.

Ahora todo tiene algo más de sentido. ¿Verdad?.

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La indefensión ética del crítico (Apunte rápido)

agosto 27th, 2009 por henriquelage

El papel del crítico se enfrenta a muchos problemas, pero rara vez se señala que estos son mayoritariamente internos. La pugna entre la personalidad y el juicio es el gran debate presente en cualquier texto crítico que se precie, aunque la experiencia como lector me ha demostrado que poco importa si el autor consigue que me interese por el texto, o incluso, por la obra referente. Y es que si entendemos la crítica como algo independiente de la obra de la que parte, hacemos todo relativamente fácil. De entre todos los obstáculos que el propio crítico se impone, los prejuicios es uno de los más significativos. Los prejuicios tienen un origen lógico, pues parten de la desconfianza, o inversa, que se genera a partir de la experiencia previa, ya sea ante el autor, el material o el género, y hoy en día deberíamos también incluir el formato.  Sin embargo, si bien el prejuicio es de los más notables impedimentos a la hora de afrontar con claridad una crítica, no es el peor.

Lars Von Trier es un niño malo, un provocador que ha crecido amparado por un halo de culto ante su incoformismo, que le llevó incluso a renegar no ya de sus películas anteriores, si no de sus propios métodos. En su capricho, elaboró una herramienta mediática como el Dogma 95 que no prosperó y de la que pronto se cansó. Esa actitud inquieta le ha llevado a moverse en una filmografía complicada, distinta, pero también en una depuración de su formalismo más barroco (“Europa”) hasta el minimalismo (“Dogville”) pasando por un cierto espíritu documental (“Los idiotas”) que poco a poco han ido haciendo mella, e influenciando en cada obra nueva. “Anticristo” es su última perrería en estrenarse aquí, un cuento simbólico y dramático disfrazado de película de terror y con cierta tendencia al gorno que ha creado posiciones encontradas y que, en consecuencia, ha cogido a muchos críticos en total indefensión.

Y es que a la hora de abordar “Anticristo”, la trayectoria e imagen pública de Von Trier ha marcado muchas opiniones, pero lo que más ha desequilibrado la situación es la controversia tras violencia de la película. A título personal, he de decir que la misogínia de la que se le acusa a la película me parece totalmente irónica,, un juguete para que el danés ponga en marcha su tour de force, pero entiendo que esta no es la única interpretación posible. Lo que sí me inquieta es que gran parte de los que sí han interpretado la misogínia de la película como el mensaje en sí hayan utilizado este en contra de “Anticristo”, cargando en una especie de defensa absurda de la moral y la igualdad. ¿es necesario que el crítico entre a valorar la ética de la película? ¿Es necesario que se ponga en duda la condición del autor según su posicionamiento político o ético? No es que “Anticristo” carezca de morbo, efectismo y una grotesca visión de la vida en pareja, pero es absurdo calificarla por ello, exigiendo al autor una responsabilidad moral que, probablemente, ni siquiera ha tenido en cuenta en ningún momento. Tampoco se trata de que se permita todo, pero eso es otra historia. Lo que aquí se señala es que el crítico no puede caer en la trampa del provocador, en el escándalo, que los convierte en herramientas publicitarias y los ridiculiza al hablar en términos tan relativos. Hablen de la película, no del Bien y del Mal.

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Reciclando cine basura

xullo 23rd, 2009 por henriquelage

“Best Worst Movie” es un documental que parte de una película que todos conocemos, la hayamos visto o no: “Troll 2″ un subproducto italiano, de cuando los subproductos italianos ya estaban en decadencia, que terminó siendo una pieza habitual de los estantes más recónditos de cualquier videoclub. La película es un completo desastre en sus distintas facetas asi que el documental vuelve sobre ella para preguntarse varias cosas: origen y consecuencias son las que vertebran esta historia. Del destino como dentista del actor protagónico a la reivindicación como material de culto, pasando por la perplejidad del director de la misma, que admite sin reparos que le parece “a very good movie”.

Entiendo a ese director. Puedo decir que “Troll 2″ no es ni de lejos la mejor película que haya visto, pero desde luego no es la peor. Y cuando me paro a pensar en lo que popularmente se consideran las peores películas me doy cuenta de algo aterrador: la mayoría son de género fantástico y carecen por completo de medios. O lo que es lo mismo: si una película está auspiciada por un gran estudio y es un drama, dificilmente puede estar entre las peores películas. Lo lógico sería pensar que eso se debe a la forma en la que los estudios filtran sus contenidos, corrigiendo textos y manteniendo unos niveles mínimos de calidad así como un control absoluto sobre el producto… pero creo que todos podemos citar al menos diez ejemplos de memoria de películas que, pese a ello, son rematadamente malas; y el hecho de que incluso a través de esas facilidades y constante cuidado salgan auténticos despropósitos las hace doblemente peores. Lo que veo aquí es que se penaliza al producto de explotación y sin pretensiones más que prefabricados ejercicios comerciales para el cinéfilo bienpensante. Es fácil darle un Razzie al  “Catwoman” del año, pero hay una frontera moral que impide dárselo al “Cinderella Man” de turno.

Supongo que forma parte de un prejuicio personal verlo de este modo. En mi caso, considero mucho más honesto el producto que surge por puro deseo y que consigue esquivar todas las dificultades que por origen humilde tiene que salvar. La mejor escena de “Ed Wood” era aquella en la que situaba a su protagonista frente a Orson Welles, un homólogo que tenía todo el prestigio (y seamos claros: el talento) del que él carecía, pero compartían la misma pulsión por hacer las cosas contra viento y marea. A raíz de “Best Worst Movie” descubro otra película de similar espíritu, esta vez desde la predestinación, “American Movie” produce una verdadera simpatía que ningún making of de Hollywood con sus loas al director de turno (desconfiad de un rodaje donde todos se llevan bien) conseguirá jamás.

El cine en peligro de muerte busca otros mercados. Cuando se habla de que el músico ya no debe sacar beneficio de los discos si no de los conciertos no se traslada la misma situación al cine. Sin embargo, ahí parece haber una solución y todo indica que es el camino que nos queda; y frente a la diferenciación entre el producto de estudio millonario y las películas al margen de la industria, se van levantando, como si de religiones fuesen, sus respectivos templos: el mismo Tim Burton que filmó tan elegante encuentro entre dos cineastas extremos y de extremos distintos, ahora se divierte lanzando cosas a las pantallas 3D en lo que se prevee una hortera versión de Alicia; y mientras tanto, en San Diego, la gente se agolpa a la espera de poder saber algo sobre James Cameron y esa película con la que va a salvar el cine. Y sin embargo, el cine “basura” encuentra otro camino, e iniciativas como Trash entre Amigos encuentran una multitudinaria respuesta. Claro que hay matices importantes: mientras las primeras se nutren de una mastodóntica publicidad, las segundas, como “Troll 2″ sólo pueden vivir del mito y el cachondeo, vistas por encima del hombro y en la distancia que otorga el tiempo. Lo que ocurrirá con esos cineastas que no se adhieren ni a un lado ni a otro del espectro (o que a veces incluso conforman su propio espectro) está todavía por determinar, pero mucho me temo que las opciones pasan por dos caminos, y puede que de lugar a unos cuantos Ed Wood pero en ninguno de ellos Welles tendría lugar.

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Apuntes de metaficción (II): El mensaje

abril 8th, 2009 por henriquelage
Videodrome
“El arte debe contribuir a transformar, y no solo a entretener”
- John Gardner.

Cuando escribí este post lo pensé como varias partes, pero no tenía muy claro que más añadir. En cierto sentido, todo lo que me sugería el cortometraje de Alejandro no cabía y dedicarse al mero desglose sería menospreciar el trabajo de comunicación de dicha obra. Vamos, que el principal valor que acabé encontrando, tras mucho meditarlo, al cortometraje de Alejandro Pérez es que me dejaba sin herramientas para hablar sobre él porque… ya hablaba sobre sí mismo.

Una de las máximas de esta profesión y que, bajo mi punto de vista, no admite discusión alguna, tiene que ver con el papel del espectador en todo esto. Le corresponde al espectador completar siempre la obra, y eso no significa dejar las cosas a medias ni ser obligatoriamente sutil, si no aportarle al espectador la suficiente información para que deduzca algo nuevo, es decir, que sea su proceso mental al unir todos los componentes de la obra la que construya el mensaje y no nosotros quienes lo enunciemos, a viva voz, subrayado con rotulador fosforito. A lo largo de estas semanas, le he puesto el corto a mucha gente y he escuchado opiniones de todo tipo, y me resulta curioso la cantidad de gente que considera los “errores” del corto descuidos y no parte intencionada del proceso. No digo que sea una obra perfecta, digo que es muy osado considerar a los directores seres tan cegados por sus creaciones como para obviar ciertas cosas: cuando has escrito una docena de versiones de guión que te has releído una centena de veces, cuando has hecho desgloses, ensayos y has vivido un rodaje, cuando te has puesto a editar y posproducir hasta el último fotograma… no se otros, pero yo veo todos y cada uno de los fallos. Supongo que mi habilidad como director, o mi triunfo al menos, está en la forma en la que consigo que pasen desapercibidos, en la manera en la que centro la atención en lo verdaderamente importante. Eso explicaría por qué me encanta el montaje, por algo lo llaman el arte invisible.

El cortometraje de Alejandro es una interesante excepción: verbaliza su mensaje pero al mismo tiempo me dejó suficientes caminos de pensamiento como para, de momento, dos posts; por otro lado, he aquí un post del propio autor señalando fallos con el dedo. Concluye con un mensaje que me ha obligado a terminar este hilo de pensamiento y dejarlo escrito: a mayor bienestar, más posibilidades tenemos de centrar nuestros trabajos, y por tanto nuestras vidas, en actividades que nos resulten más placenteras. Que sin necesidad hay caprichos. Y con ello hay un planteamiento antropológico: el arte surge a partir de una sociedad que ya no tiene que dedicar tanto esfuerzo a su propia supervivencia.

Sin embargo, quiero añadir un pequeño apunte. Entendamos la cultura como la superestructura del materialismo cultural. Marvin Harris hablaba de que los principales motores de cambio en las sociedades eran la tecnología y la reproducción, es decir, nuestras herramientas para mejorar nuestra subsistencia y la salud de la que gocemos como especie. Hasta aquí ningún problema. Sin embargo creo firmemente que no se puede negar la infravaloración de la cultura como carácter transformador. Es cierto que el fin de la peste negra y una bonanza económica beneficiaron que existiese el Renacimiento, pero es imposible negar la importancia de cómo ciertos cánones artísticos han terminado siendo axiomas de nuestra sociedad hasta tal punto de que hayan sido también elementos transformadores de la misma. En palabras más simples: la función del arte es cambiar a una sociedad, no a través de su capacidad de supervivencia natural si no a través de su pensamiento.
Mientras escribía el post de Watchmen, leí gracias al Focoforo una entrevista a Alan Moore en la que decía: “En las primeras referencias, la magia se llamaba ‘el arte’ y creo que esto es literal. Creo que la magia es arte, y que el arte, sea la escritura, la música, la escultura o cualquier forma, es literalmente mágico. El arte es, como la magia, la ciencia de manipular símbolos, palabras o imágenes para conseguir un cambio en las conciencias. ‘To cast a spell’ (hacer un hechizo) es simplemente ‘to spell’ (deletrear), manipular palabras. Grimorio es una forma elegante de decir gramática”. Cualquiera que se haya leído “Promethea” entenderá perfectamente que Moore entiende que cualquier proceso creativo, por simple que sea, provoca un cambio en nuestro entorno.

Hace una semana ví una entrevista a David Cronenberg donde compartía el mismo punto de vista con estas palabras: “Creo que son mis principios existencialistas los que me dirigen hacia eso: crear nuestra propia realidad a través de nuestra cultura y nuestro arte. Creamos una realidad que parece tan real como cualquier otra cosa, pero de hecho, es transitoria. Es una proyección de nuestra propia voluntad creativa.”

Así que al final, he llegado a otro punto que sigue el post de Alejandro y por supuesto, su corto. Es cierto que un voto del público en el Notodofilmfest supone recibir el aprecio de gente que, por el mismo contexto, podemos deducir que un rodaje no le resulta algo ajeno; sin embargo es más bonito olvidarse de la endogamia de la metaficción y planteárselo de otro modo. Que si cada obra se dedica a transformar las conciencias de los receptores, las obras que hablan de sí mismas tienen como función hacer lo mismo para los emisores.

En la misma entrevista, Cronenberg dijo lo siguiente, que no podía ser de otra forma, comparto al cien por cien: “Mi deseo es siempre hacer una película compleja, que puedes ver varias veces y que la recuerdes. No un mero objeto de consumo que se olvida a las 2 horas de verlo. Quiero que el espectador sea parte activa de la película. Creo que mi función como director es plantear un montón de preguntas, aún cuando nadie tenga claras las respuestas”.

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Apuntes de metaficción (I): La buena letra

xaneiro 27th, 2009 por henriquelage
Bresson
“cada plano es como una palabra, que por si sola nada significa, o mejor aún, significa tantas cosas que de hecho es ininteligible…”
- Robert Bresson

Con un corto terminado y otro en la récamara me asaltan un montón de dudas. No es que me preocupe seguir una línea o un discurso propio, pues pretendo ser lo menos consciente posible de lo que trato y sé que tengo las suficientes inquietudes personales como para llevar cualquier historia a mi terreno, quizás me debería preocupar más saber si puedo llevar esas mismas inquietudes a un espectador, pero no es eso, no de momento. Lo que más me preocupa últimamente es la cámara, con “Cabeza de pescado” tuve un storyboard mucho antes de tener un guión o siquiera un título, incluso antes de tener la oportunidad de hacerlo, quise ser milimétrico y estoy contento con el resultado. La cámara es en este negocio una pluma como la luz es la tinta, asi que depende de la suma de ambas y de los movimientos de la primera el desarrollo de una caligrafía decente, y rayos, yo tengo aún muy mala letra.

Una dicotomía interesante a la hora de juzgar técnicamente una película, es la siguiente, a los que disfrutamos toda una teoría de la planificación cinematográfica nos entusiasma el exhibicionismo hasta un grado casi infantil: que si el plano secuencia de “Snake Eyes” o que simboliza la cámara atravesando la ventana al final de “El reportero” son esas cosas que nos hacen vibrar como adolescentes entusiasmadas, nos encanta esa imagen del director ejecutando una proeza, un ejercicio de malabarismo inédito, una cabriola, y sin embargo, hace poco realmente comprendí que esos planos no son menos valiosos, pero si menos llamativos, que otros de esas mismas peliculas, planos que son tan necesarios como los más explícitos, pues estos últimos resultan tan majestuosos por contraste. Fue en concreto, ver a Nacho Vigalondo defendiendo planos que pasan absolutamente desapercibidos frente a la grúa final de su película “Los Cronocrímenes”, lo que me ha servido para ver las cosas de otro modo. Antes, me cuestionaba porqué me gustaban tanto la realización de peliculas como “Mouchette” o series como “The Wire”, la respuesta era muy sencilla: porque no era consciente de las mismas. Cuando he empezado a analizar la serie de David Simon (de la que espero hablar con propiedad en algún momento del futuro) me he visto atrapado por esos reencuadres, esos paneos y eso suaves y casi imperceptibles travellings y zooms que pueblan las calles de Baltimore, y que dicen más de ella que cualquier otro elemento. Asi pues, la conclusión no puede ser más simple: el mejor movimiento de cámara es aquel que es imperceptible pero eficiente, porque así es doblemente eficiente.

Alejandro Pérez es un tipo consecuente: autor de un blog imprescindible, de pocos posts pero todos excelentes, y de una corta pero siempre interesante filmografía. Recuerdo que, en una ocasión, le llamé la atención por el diseño de su blog, que me parecía “soso” y traté de convencerlo para que lo cambiase ya que con un diseño atractivo podría conseguir más lectores, él me contestó que si un lector necesitaba un envoltorio agradable para interesarse por sus textos, entonces no le importaba perderlo. Yo me equivocaba, por supuesto. Su último corto es una deliciosa caja china: titulado “Un corto de Alejandro Pérez” es exactamente lo que promete, la corta historia de su vida y su empeño en realizar un cortometraje sobre como él realiza un cortometraje. Antes he definido a Alejandro como un tipo consecuente, y eso implica que una vez metido en este extraño bucle, lo va a desarrollar hasta el final, la conclusión que saca en limpio es magnífica: la imposibilidad de salir bien parado de contar algo partiendo de la endogamia, o lo que es lo mismo, la confirmación de que el único espectador de un cortometraje son los propios cortometrajistas, y de que a los únicos que les interesan las peliculas sobre cine es a los propios cineastas. Estamos emborrachados de nosotros mismos, porque estamos tan fascinados por el proceso en sí que olvidamos que son sólo formalismos, que en el fondo, se trata de contar algo y contarlo bien. es como si nos quedásemos prendados de la buena letra de alguien y no de lo que esas palabras dicen y como lo dicen.

Yo tambien quiero sacar una conclusión de todo esto, aunque me temo que no puedo. Una conclusión implica, de un modo u otro, el final de un razonamiento y estoy demasiado lejos de ese final, y espero estar así por mucho tiempo (al menos, por otros dos posts como este). En cambio, he decidido sacar una lección, algo que quizás sea de perogrullo pero que, como esos movimientos de cámara imperceptibles, conviene recordar que está ahí: las mejores peliculas sobre el mundo del cine no son las que lo retratan si no las que hacen uso del mismo sin más alardes. En este cortometraje, Alejandro Pérez hace ambas cosas, y sale victorioso.

(Continuará)

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