El catecismo de Crumb
henriquelage

Siendo Luis Buñuel, probablemente, mi director favorito de todos los tiempos, no sabría quedarme con una película suya como favorita, y sin embargo, siento mucho cariño por “La voie lactée” (1969). Vale, puede ser que la película sitúe como punto de llegada Santiago de Compostela lo que me influya, pero también me interese de ella su capacidad crítica, que permitía establecer un poco convencional punto de equilibrio entre el humor paródico y absurdo y cierto respeto que parte, como debe ser, de la habilidad para saber criticar con más inteligencia que rabia. En dicha película, se convenía la andanza de unos peregrinos por un literal y metafórico camino de Santiago donde se cruzaban las contradicciones de la fe cristiana; si Jesús fué hombre a ratos o Dios a tiempo completo, si tuvo hermanos, si se afeitó la barba alguna vez. Todas esas dudas simples que, de algún modo, planteaban el posicionarse seriamente con respecto a la naturaleza misma del dogma, a donde las escrituras no eran capaces de llegar. De este modo, Buñuel no criticaba la fe cristiana partiendo de la acusación, si no del mero retrato ante lo que era una sardónica pregunta de las que se haría un niño en catequesis.
En el prólogo del recién publicado “Génesis” de Robert Crumb, este hombrecillo, personalísimo, fetichista, cargado de talento, plantea su acercamiento al primer libro de la Biblia desde un respeto puramente documental, tratando de ser objetivo en grado sumo, transcribiendo desde el hebreo y distintas ediciones los pasajes reales y haciendo su función de mero ilustrador. Es asombroso comprobar como el trazo grueso, underground y afectado de este genio del cómic se amolda a las viejas ilustraciones de los libros de catecismo, porque aunque incluya más desnudos que aquellos, no resulta menos violento y perturbador, al crear toda una genealogía donde, el único protagonista, el único personaje que se mantiene constante durante todo el relato, es un Dios contradictorio, tanto en sus decisiones como su naturaleza, que de todopoderosa pasa a ser la de un ente que descansa, se enfada, da paseos y admite sus errores. Crumb ha dedicado cuatro años de su vida a este libro, que son pocos en comparación a los milenios que ha tardado el “Génesis” en ser como hoy lo conocemos, pero ambas son dos creaciones humanas francamente imprescindibles, y ahora, complementarias. Transcribiendo sin cambios el “Génesis”, Crumb ha conseguido la misma meta que Buñuel, manteniendo ese respeto que aún así, pone en evidencia lo mismo que critican; ambos han logrado que a pocos metros de alcanzar la Catedral de Santiago, uno decida que es mejor dejar de preocuparse, y disfrutar de la vida.
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