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  • Los límites del encuadre

    Cuando se habla del fuera de campo se hace en aquellos términos donde, lo que sucede fuera de la pantalla, queda implícito. Ya sea gracias al sonido o algún elemento que ejerce de metonimia de la imagen omitida. Sin embargo, esa utilización de los límites del encuadre busca una reacción inmediata, el dejar claro lo ocurrido con una variación mínima de tiempo al momento en el que ha ocurrido. Hay dos cortometrajes que, aprovechando al máximo su formato, suponen magníficos ejemplos de un reto distinto.

    El primero es “Ensayo sobre la ceguera” (Alberto González Vázquez, 2010), con su título ya parte sobre las propias limitaciones del espectador. En dicho cortometraje, Alejandro Tejería interpreta a un muchacho invidente que hace frente a dos revelaciones: una ruptura sentimental y una ruptura con las convenciones, al escuchar a su pareja, que se confiesa invisible. La conclusión del corto revela el engaño por partido doble: la muchacha y su amante no son invisibles, si no que, al igual que el campo de visión limitado del protagonista, hemos sido víctimas del engaño. Este engaño es comprensible dentro de la minusvalía del personaje de Tejería, pero resulta más inexcusable en el caso del espectador, que si resulta engañado es por el exceso de confianza en que nada puede existir fuera del plano.

    Algo similar ocurre con otro cortometraje más reciente, “Tengo que matar a María” (Manuel Bartual, 2012). Aquí, la suposición parte de dos pequeños trucos: el primero es la voz en off del protagonista, que nos indica que su objetivo es acabar con una mujer a la que sigue a todas partes; mientras tanto, la imagen que apoya a ese texto es la de la actriz Rocío León, realizando esas actividades que le suponemos a la víctima. Todo ello nos hace intuir que nuestro protagonista se encuentra fuera de campo y, en una suerte de punto “subjetivo”, seguimos a su víctima. Pero pronto descubrimos como nuestra suposición es de nuevo errónea y León no interpreta a la víctima, si no al verdugo disfrazado. Aquí el uso de fuera de campo es opuesto al del corto de Alberto González: si allí no contábamos con el fuera de campo, aquí suponemos que tiene que existir a la fuerza. Ambos cortometrajes muestran un uso muy inteligente del plano, y ambos nos recuerdan que nunca tenemos que dar nada por sentado en esto del cine.

  • #Escándalos, almohadilla delante

    Es el París de 1955, y Luis Buñuel y André Breton toman algo en una cafetería, de camino a la casa de Eugène Ionesco. En un momento, la conversación deriva a las expulsiones de Dalí y Max Ernst del grupo surrealista. Aduciendo la pérdida de valores que dichos miembros habían llevado vendiéndose como comerciantes y no como artistas, Breton se queda pensativo, y apenado, y dirige estas palabras al aragonés:

    - Es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis; pero el escándalo ya no existe.

    Esta historia está relatada por el propio Buñuel en sus memorias, el magnífico libro que es “Mi último suspiro” y cuya relectura no puede ser más estimulante, tanto por la figura y tiempos que retrata como por la actitud vital que demuestra, cargado de animosidad en su doble acepción. Esa frase plantea ahora muchas preguntas. ¿Lleva muerto el escándalo más de medio siglo? Y si es así, ¿Qué es lo que queda? ¿Qué ocupa su lugar?

    Para empezar, primero habría que definir el escándalo tal y como lo concebían el grupo surrealista. Lejos estaba dicho movimiento de ofrecer una homogeneidad y una constancia en aquellas ideas, si bien algunos temas eran frecuentes preocupaciones, pero con el escándalo sucedía algo muy particular: si bien no se buscaba con frecuencia o periodicidad alguna, tampoco se eludía y algunas oportunidades se buscaban hasta el punto de convertirse en auténticos delitos. El escándalo surrealista era, en realidad, cualquier ataque al orden establecido, un desafío antiburgués que busca ser un estallido, un llamamiento a despertar conciencias y transgredir el adocenamiento. No es extraño pues, que Buñuel acabe recordando al grupo a raíz de Mayo del 68 (que Breton, muerto en el 66, no llegó a ver) y termine su filmografía con una muy coherente explosión, stando sus últimas películas trufadas de referencias a un terrorismo abstracto, sin ideología, que solo pretende destruirse como individuo en el proceso de llevarse el mundo con él.

    ¿Hay lugar ahora para esa clase de escándalo? No en cuanto a dos motivos: el primero, que surge de la escasez de agentes que busquen ese cambio de orden en cuanto a que prefieren formar parte del orden establecido, algo que podemos comprobar en la medida que muchos “escándalos” han servido más para consagrar a sus autores que para derribar el modelo al que atacaban; en segundo lugar, la enorme capacidad del sistema de fagocitar esos “escándalos” y adaptarse a ellos con las menores variaciones posibles. Una popular cita de Slavoj Zizek lo define mejor:

    “es fácil imaginar el fin del mundo, o un asteroide destruyendo la vida, pero no podemos imaginar el fin del capitalismo. (…) Así vivimos; tenemos todas las libertades que queremos, pero no tenemos tinta roja: el lenguaje para articular nuestra no-libertad. La forma en que nos enseñan a hablar acerca de la libertad -la guerra contra el terrorismo, por ejemplo- falsifica la libertad.”.

    El descafeinado escándalo actual ya no es, pues, una ruptura sino una reafirmación. En estos días nos hemos levantado con la noticia de que el cantautor Javier Krahe va a ser juzgado por un cortometraje realizado hace 34 años y emitido hace 8 en una cadena privada y sin su consentimiento. Tampoco está tan lejos un juicio similar como el de Ángel Sala, acusado de distribuir pornografía infantil con motivo de la película de ficción “A serbian film” (Srdjan Spasojevic, 2010). Son buenos ejemplos de como los escándalos han pasado de ser actos espontáneos que desafiaban al sistema a ser creados de la nada – fomentar la polémica donde no la hay, básicamente – para así mantener la ilusión de que el sistema todavía tiene enemigos (morales) que lo amenazan. Por supuesto, como bien apuntaba Nacho Vigalondo recientemente en su twitter, estas polémicas se disipan tan rápido como aparecen, y aquellos que las han promovido, se callan, agachan la cabeza y cambian de tema. Esos escándalos solo han servido de banderitas que agitar, pero no han derribado ningún palacio.

    El sistema no está en absoluto amenazado. De hecho, está con mejor salud que nunca. El escándalo ya no es una arma subversiva útil, es una herramienta más que el sistema utiliza para espolearnos. Pensemos, por ejemplo, en los hastags. En programas de telerrealidad como “¿Quién quiere casarse con mi hijo?” pensados específicamente para interpelar al espectador mediante pequeñas provocaciones, o en una campaña reciente de una exclusiva marca de bolsos, que hacía de la ofensa una buena herramienta de marketing. Ni tan siquiera eso: muchos políticos han aprendido lo fácil que resulta dejar caer globos sonda para ver como reacciona su electorado, sin mojarse las manos. Los #escándalos, con almohadilla delante, son ahora frecuentes, continuados y tan livianos que entre tweet y tweet han cambiado de foco de atención. Y mientras nosotros nos escandalizamos poquito a poquito, día sí, día también, el sistema afianza sus cimientos sobre la tumba de Breton.

  • Distraído por las luces rojas

    Vale, el cine es magia. Una frase que por muy agotada que esté, sigue presente y que en estos días hemos vuelto a escuchar repetidas veces a raíz de “La invención de Hugo” de Scorsese y la relación de Méliès con el ilusionismo. Pero no se profundiza más en esta relación que en lo meramente superficial: el cine es magia porque, como la magia, focaliza la atención en una parte mientras omite otra, se vale de sus herramientas para crear ilusiones. Rodrigo Cortés lo sabe bien, y trufa su nueva película, “Luces rojas” con elipsis, omisiones, planos detalle, elementos fuera de cuadro. Se ciñe muy bien a un papel teatral, al ejercicio de estos trucos para desvelar todo el engranaje en el tramo final y pillar desprevenido al espectador, pese a que algunas de sus sorpresas son fácilmente deducibles por los más curtidos al género. Una conclusión que puede generar debate pese a que las diferencias entre esta y la peonza de Nolan en “Origen” son en esencia lo mismo; se deja ver en este tercer acto una tendencia de Cortés de convertir todas sus películas en viajes trascendentales de sus protagonistas, siempre contra su voluntad. Pero más allá de esa conclusión, lo importante es como Cortés domina la película, siendo lo suficientemente inteligente como para pensar en toda clase de público y mantener pistas falsas o sugestiones bien dosificadas que por su proliferación no consiguen concretar lo que es un final bastante coherente a lo presentado.

    Excepto, claro está, por su discurso. Y es que aunque Cortés expone magníficamente los motivos para el escepticismo y la facilidad para desmontar fraudes – y, quizás, abusa demasiado de ello, estando en sus dos primeros actos cerca de documentales como “Los enemigos de la razón” de Richard Dawkins – parece renunciar a ello en el último tramo. Es obvio que esto no deja de ser ficción, y como apuntaba antes, la conclusión es más ambigua de lo que parece y no reformula realmente lo anterior mostrado sino que genera esa duda como material de debate. Sin embargo, el debate creo que está en otra parte, pues la resolución del carácter esotérico o no de la película es irrelevante para disfrutar de la misma. Yo veo el debate más bien en unas declaraciones de Cortés no exentas de polémica. La película deja suficiente muestra del conocimiento escéptico de su realizador y guionista, pero esas declaraciones plantean la “duda” como un método para dar beneficio o cierta credibilidad a estafadores, basándose en prácticamente ninguna prueba. Esa manera de plantear el escepticismo como una conducta fanática (algo que también podría subyacer en la película, pero que queda lo suficientemente abierto a la interpretación) es bastante irresponsable. Si Cortés realmente cree en la existencia de poderes paranormales, se equivoca; si, en cambio, no cree en ello pero utiliza esas declaraciones como medio de promoción, está haciendo exactamente eso que la película denuncia en la figura del personaje de De Niro: la utilización de las supersticiones para el beneficio económico, predicar fe a través de un espectáculo.

    Por supuesto, esto no es algo que manche la película, y reconozco que puede ser visto como un ataque a Cortés un tanto moralista. Pero sí me parece algo necesario sobre lo que debatir. Al entrar en el cine pude ver un anuncio de “The Devil Inside”, próximo estreno del director William Brent Bell, promocionado como “la película que el Vaticano no quiere que veas”. Esa utilización de una especie de validación oficial es bastante irrespetuosa para el espectador, se fomenta en hacer creer que la película realmente va a mostrar los trapos sucios de una organización religiosa en lugar de ser, como realmente es, una ficción más. Es inaudito que en la propia “Luces rojas” el personaje de Cillian Murphy reproche a Sigourney Weaver como una simple aparición televisiva ha hecho retroceder todo su trabajo “en décadas”. Esto podría ser un poco lo mismo. Y aunque podríamos derivarlo a si es comparable con las promociones de “found footage” supuestamente real como “El proyecto de la bruja de Blair” (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) u “Holocausto caníbal” (Ruggero Deodato, 1980), lo cierto es que estas se revelan en sí mismas como ficciones de un modo u otro, y nadie, años después de su estreno, sigue tomándolas como reales. Otras veces he aclarado que no creo que haya una verdadera responsabilidad en la ficción en cuanto a que es eso mismo: ficción; pero… ¿hay responsabilidad en la promoción de la película? ¿Está Cortés haciendo un “blockbuster evangelizador“? No sé si me equivoco en mi juicio, si exagero algo tan trivial, pero, por lo menos, hablar de ello, plantear ese debate, me parecía importante.

  • TED y “Prometheus”: Powerpoints desde el futuro

    Creo que no escandalizo a nadie a estas alturas si digo que “Alien” es una película perfecta; o al menos todo lo perfecta que puede ser una película. Es uno de los trabajos más fascinantes que he visto, tanto como aficionado al séptimo arte como al género, y lo es por una alquímica suma de talentos y circunstancias tan improbable que solo podríamos considerarlo un “milagro termodinámico”. Es por eso por lo que miro con escepticismo “Prometheus” ese remake-o-reboot-pero-no en manos del mismo director, un escepticismo que también viene acompañado de cierta excitación infantil, porque ¿quién sabe?

    “Prometheus” se promociona con este viral escrito por Damon Lindelof y dirigido por Luke Scott. Me gusta mucho, por supuesto. Y ha generado un debate interesante (en este link cortesía de Hijotonto) a raíz de que TED – la interesante web de conferencias donde admito pasar el mismo tiempo que otros dedican en internet al porno – sea el centro del propio vídeo, mostrando no solo una imagen nada amable de sus conferencias, si no una especie de visión de futuro bastante desagradable, que arroja una inusual sombra sobre su actualidad: un empresario retratado negativamente dando una charla triunfalista, vacía e insustancial para vender su propio producto. Exactamente el mismo motivo por el que considero las presentaciones de E3 como el mayor espectáculo cómico del año, pero eso es otra historia.

    Antes he dicho que me encanta el viral, pero eso no significa que no le encuentre multitud de defectos. Un ejemplo superficial: cualquiera que vea habitualmente charlas y conferencias grabadas se ha familiarizado con un tipo de realización muy imperfecta. Los que hemos grabado galas y eventos sabemos de sobra que es imposible que nunca se cuele algo: un cable, un técnico, una pantalla fuera de sitio, un conferenciante que se mueve de la marca y queda durante unos segundos cortado por el cuadro. Pongo por ejemplo esta charla de Steven Pinker que vi hace un par de días y el técnico que aparece a su derecha, pasando de todo en el minuto 4:09. Haber incluído algo así y no esa ubicuidad milimetrada de planos le habría dado un tono más verosímil y, por supuesto, más aterrador.

    Pero, a raíz de un conmentario en Twitter sobre el mito de los “mad doctors” me he dado cuenta de otro detalle que no me termina de funcionar en ese vídeo. Veamos: Guy Pearce como el empresario Peter Weyland aparece con su aire altivo, su traje impecable y su pelo engominado en lo que podría ser una caricatura de la imagen del “empresario sin escrúpulos”. Podríamos decir que Peter Weyland está hecho del mismo material ideológico que el atolondrado Cave Johnson; pero donde el personaje de “Portal 2” aparece proyectado en un pasado próximo que remite a Walt Disney, Nikola Tesla o Howard Hughes, en cambio, Weyland aparece en un año 2023… representado como un empresario de los años 50.

    ¿Quiénes copan las portadas (metafóricas) actuales como gurús tecnológicos? Gente como Mark Zuckerberg o David Karp. Antes he mencionado el E3 porque es ahí donde uno puede ver que la cara del mundo de los videojuegos la ponen gente como Hideo Kojima o Suda 51. Incluso aquellos que no hacen de cierta actitud “rebelde” su imagen, gente como Gabe Newell, Will Wright, Tim Schafer o Reggie Fils no se parecen en nada a este Peter Wayland. ¿Quién sí aparece en el E3 con esa conducta de ejecutivo chulesco? Kevin Butler, una parodia, interpretada por el actor Jerry Lambert y creada para los anuncios de Sony, de ese modelo de chupatintas alejado del público que consume su producto. Hasta la imagen de Steve Jobs en pantalones vaqueros y zapatillas de deporte se ha convertido en prácticamente un estandar. Véase un ejemplo en esta charla de Christopher Poole que contrasta mucho con la ostentosidad del viral. Las presentaciones tecnológicas actuales se hacen vestido de “sport”.

    Esa imagen del “mad doctor” actual – que me corrija Noel Ceballos que es experto en la materia – viste con sandalias, chandals y todavía tiene acné. Desde Kevin Mitnick (y en paralelo con el nacimiento de la literatural cyberpunk) la imagen de la tecnología y el progreso está ligado a lo “geek”, y lo “geek”, poco a poco, se ha ido ligando a una imagen de “rock star”. Las charlas de 2023 en TED no deberían parecerse a las presentaciones de una Expo mundial del siglo XX, si la tendencia se mantiene (o si conseguimos recordarnos a nosotros mismos que la ciencia ficción no es más que nuestro presente caricaturizado y no una verdadera especulación sobre el futuro) los Peter Weyland del futuro harán sus presentaciones en batín y calzoncillos.

  • Moneyball

    El cine tiene una extraña deuda con el mundo del deporte, un mundo con el que ha tenido una constante relación pero que rara vez se ha visto satisfecha del todo. En particular, hemos disfrutado de películas que hacían del deporte una excusa o una metáfora de las vivencias de sus protagonistas; sin embargo, cuando las películas han querido centrar la mayor atención en el deporte en sí, han tenido que sustituir las sensaciones de fe que este genera por un sentimentalismo con tendencia al triunfalismo, lo que muchas veces le ha restado una particular emoción. Y es que parte del interés del deporte nace de cierta incertidumbre, de un suspense y un sentimiento de euforia muy difícil de trasladar a la ficción, siempre tan ordenada y metódica.

    Lo que hace interesante a “Moneyball” es la aparente frialdad con la que retrata no solo la historia, si no un deporte tan ajeno en nuestras tierras como el béisbol. El motivo es reducir el habitual ruido fanático de los deportes, esas detestables supersticiones y habladurías, por un ejercicio de estadística, lo que otorga al conjunto una visión más descreída del carácter mítico del deporte. Esto no excluye una cierta crueldad a la falta de humanismo que conlleva, como demuestra el hincapié en los despidos e intercambios de los jugadores que harían un perfecto reflejo de aquel mercado de carne, esclavos modernos de sus ilusiones, que describía “Hoop dreams” (Steve James, 1994).  Bennett Miller consigue, como ya hacía en su anterior “Capote” (2005), tratar un tema delicado con sutileza y sin juzgar de un modo especialmente partidista a sus personajes. Pese a ello, la película no puede evitar caer en ciertos errores, como la absoluta falta de profundidad del personaje Jonah Hill, convertido en mero mcguffin, o la miticidad que pretende despertar el personaje de Brad Pitt, reiterativamente representado en soledad, en espacios como estadios, vestuarios o gimnasios, para dejar patente su lucha contra todo un sistema. Con todo, es agradable encontrar una película especialmente bien escrita y que puede agradar tanto a los más enfervorecidos del deporte como a los descreídos de un sistema que, auspiciado muchas veces por empresarios y medios, genera la peor carnaza desprestigiando el valor del juego. Se deja como ejercicio al espectador la especulación de la imposibilidad de una película de estas características dentro del panorama del deporte español, incapaz de la menor autocrítica.

  • Los descendientes

    En la hambrienta necesidad que el cine norteamericano tiene de autores a los que respetar, Alexander Payne se ha convertido en una figura que, mediante el retrato de personajes de mediana edad afrontando dificultades cotidianas, ha intentado cubrir una cuota de madurez y crítica que hoy por hoy, parece vetada. Lo cierto es que lejos estamos de aquel feroz y desvergonzado ataque que supuso “Election”, su mejor película y una comedia a reivindicar. Sin embargo, Payne ha ido a formar parte de ese grupo que cubre la cuota de premios respetables con películas que resultan harto insuficientes. Mientras “A propósito de Schmidt” lidiaba con los problemas de un recién enviudado y jubilado que afrontaba una separación de todo lo que había supuesto su vida hasta ese momento, “Entre copas” hablaba de la infidelidad como salida a una realidad mediocre. Ese escapismo se vuelve a repetir siete años después de su última película, con “Los descendientes”, en un paisaje que no puede ser mayor símbolo de huída de la rutina como es Hawaii.

    El problema es que “Los descendientes” no aporta nada a la trayectoria de Payne, ni supone un ejercicio de vaciado y sutilidad como algunos suponen, si no un regreso a la misma fórmula que le ha colocado donde está: después de un comienzo esperanzador con un monólogo introductorio que revienta las expectativas de la película, poco a poco nos vamos dando cuenta de que los temas de la infidelidad y la viudez aparecen de nuevo para constituir una de las películas más previsibles ¿Dónde ha quedado la furia de “Election”? ¿Se ha sustituido por una apatía, un conformismo que lo único que busca es que el personaje se redima de pecados ajenos? El argumento camina en círculos, haciendo difícil lo que se podría evitar con un enfrentamiento directo, retratando con torpeza las indecisiones del personaje de Clooney y elaborando una subtrama – las tierras vírgenes que posee su familia – que, a modo de metáfora barata, concluye del modo más cobarde posible. En general, la película parece no querer jugar nunca sus cartas y entrar de lleno en un punto inmóvil entre las celebraciones de la familia unida de “Pequeña miss sunshine” (Jonathan Daylon y Valerie Faris, 2006)  y la imagen pública de Clooney en productos como “Up in the air” (Jason Reitman, 2009) o el que nos ocupa. ¿Hay lugar entonces para un cine maduro o solo para su reflejo, para una película en la que Payne resulta invisible como director y se enfrenta a un texto sin dimensión alguna? ¿Hay lugar para un cineasta verdaderamente comprometido con lo que retrata o solo con la imagen necesaria para encontrar su hueco en la temporada de premios? Es difícil discernir porque mientras ciertas películas reciben alabanzas y mantienen el éxito de sus fórmulas, esas fórmulas nunca serán variadas.

     

  • La chispa de la vida

    Nadie puede negar que la popularidad que Álex de la Iglesia se ha ganado dentro del cine patrio está más que merecida. Pese a una trayectoria errática hemos encontrado entre sus obras una marca personal, un gusto por el humor negro, la sátira de trazo grueso y una personalidad arrolladora; pero también nos hemos visto recompensados como espectadores por una serie de sorpresas y registros que creíamos impensables en nuestras fronteras, tomando prestados aquellos registros del cine norteamericano que en otrora se despreciaban e inspirando a una gran parte de las generaciones de cineastas actuales en España. Sin embargo, entre el recorrido de su agresivo comienzo y su última etapa es imposible no ver un hastío; dicho cansancio se traducía en las enormes diferencias que separaban la provocadora y enérgica “Acción mutante” de su más adocenada y convencional “Plutón B.R.B Nero”. Esa postura que iba derivado de un tono despreocupado ante un bipolar equilibrio entre lo respetuoso y su arrebato parecía partir de sus circunstancias personales, entre las que se incluye su experiencia igual de insegura como Presidente de la Academia de Cine. “Balada triste de trompeta” vino a confirmar que aquellas explosiones concentradas de júbilo y rabia se habían convertido en aparatosos fuegos artificiales. Si bien su cine siempre había tenido que lidiar con las dificultades de guiones no del todo bien cerrados, aquí nos enfrentábamos a una caótica proyección de imágenes enloquecidas, mal hilvanadas e insatisfactorias, que tejían una conclusión que se prometía incorrecta y resultaba retrógrada.

    Su último trabajo, “La chispa de la vida”, hacía temer lo peor. Un proyecto que parecía salido de la nada, apurado en un último momento y a rebufo del éxito de su anterior película. Un proyecto que se anunciaba partiendo de la crisis, del 15M, de la telebasura. En definitiva, parecía una película que nadie necesitaba, ni siquiera su director, pero que buscaba a toda costa aprovechar las sinergías actuales. La verdad es que el guión de Randy Feldman llevaba ya algún tiempo moviéndose sin éxito, algo que tampoco era tranquilizador, hasta que cayó en manos del director bilbaíno. Pero, ¿quién sabía? tal vez el tratar con un guión ajeno haya impulsado a De la Iglesia en una dirección insospechada, aquí en un registro más dramático que en los anteriores. La película no deja de ser terriblemente fea en su trabajo de cámara, pero curiosamente esa caótica disposición, esa dejadez y prisas, ese montaje que hacía de “Balada triste” un continuo resoplar aquí no abandona ni un momento la tensión emocional del texto. De este modo, “La chispa de la vida” nos agarra con fuerza a la media hora de empezar, rompe todas las expectativas depositadas en el histerismo que anunciaba y, pese a alguna salida de tono, busca dejarte exhausto emocionalmente. De la Iglesia y Feldman disparan a tantos objetivos y a tanta velocidad que no es extraño que acierten muchos de sus tiros. Llena de defectos pero con la capacidad de atarte a la butaca, de generar una tensión y un horror asombrosos, el único gran escollo por salvar es su necesidad de subrayar sus intenciones más positivas; ahí es cuando la película encuentra los momentos donde uno puede, paradójicamente, acabar desconectando ante la constante búsqueda de empatía: el monólogo de José Mota sobre los bancos, el médico que compara la importancia de su labor con el sueldo de los artistas o el personaje de Juanjo Puigcorbé como encarnación de un Mal demasiado presente en nuestra sociedad. Sin abandonar un sentido humanista y de esperanza dentro de su oscurísima propuesta, De la Iglesia dispone este circo mejor de lo que hacía con sus anteriores payasos, dejando que esa siempre molesta moraleja flote sobre un más denso drama humano que, al final, es lo que más capta nuestra atención.

  • Esto no es una crítica de “Drive”

    Un gran problema a la hora de afrontar propuestas como “Drive” es lo fácil que resulta refugiarse en la idea de la nostalgia, del reciclaje, del posmodernismo. Al final acabamos encontrando críticas y opiniones que prefieren desglosar referencias de estilo antes de atreverse a ahondar en el corazón de la historia, en ver que narices quiere contar Refn por encima de todo. Esto surge de dos motivos: la creencia de que los directores son, por encima de todo, gente aislada del mundo cuyo único interés es repetir logros de sus antecesores, y por otro, el mal periodismo que ha traído internet, donde la facilidad para navegar en la Wikipedia, IMDB y las críticas de los demás compañeros termina creando un esquema repetititivo donde todas las críticas caen en los mismos lugares, apuntando nombres de películas de acción de los setenta y ochenta antes de tratar de comprender cual es el motivo de la elección de Refn. Recurren al socorrido “homenaje”, en un gesto de condescendencia que reduce al autor a una persona que no piensa más allá de replicar lo que ha mamado como cinéfago. Ese es uno de los motivos por los que aún a día de hoy, el grueso de los espectadores siguen sin entender a Tarantino, y “Death Proof” es aún considerada como una película mala: a nadie le interesa saber que discurso se desarrolla, si no a quién cita.

    Pongamos un ejemplo que se salga de lo establecido: lo cierto es que la base de esta película no está tan próxima a las fantasías ballardianas de conducción rápida como a los suspiros adolescentes de John Hughes, aquí ya latentes como adultos sin oportunidad de volver atrás; y sin embargo, no se puede evitar asociar esta historia del décimo mandamiento con los ecos de otra fábula del escorpión, la que Neil Jordan articuló en “Juego de lágrimas” (1992). Esa autocompasión que articula dos películas tan aparentemente distintas se basan en la idea de mantener incorrupto un amor platónico, saldándose de distinta forma entre ambas historias, pero partiendo del autodesprecio como síntoma elevado de caballerosidad. Pagafantismo, vaya. Aunque con cierto cinismo vayamos a renegar de ello, mirándolo como un estado de sumisión del honor, lo cierte es que ejerce un desasosiego especial que iconiza al conductor protagonizado por Gosling como a un personaje de Melville, impávido y desnaturalizado. Parte del éxito de la película podemos atribuirle a su incomodidad, a sus silencios y tiempos muertos, a construir como heróica una figura de patetismo, autoexiliado en la soledad. Es, a fin de cuentas, una historia de la distancia, y la no consumación de Gosling, su ejercicio de caballero blanco – como Travis Bickle – alcanza el éxito al ser el reflejo de tantos y tantos espectadores que encuentran, al fin, cierto consuelo en no haber sabido dirigirse a la mujer de sus sueños, manteniéndose al márgen en un dolor menos directo pero más prolongado. Y ahí es donde nos reconocemos, el que más o el que menos, todos.

    Quizás ese sea el problema, el miedo del crítico a reconocerse en el espejo, a igualarse al acto íntimo entre autor y espectador donde uno es capaz de proyectarse en el protagonista. Y en una de esas pocas películas que hablan de debilidades masculinas, estas omisiones suenan a mirar para otro lado y hacer como que no se ha visto nada. ¡Que vergüenza reconocer las propias experiencias vitales en los defectos de un personaje de ficción!, ¿verdad?. Esa idea de que el crítico está ahí para dar lecciones y no para describir las que él ha aprendido de la experiencia. Hasta que no saldemos esa actitud prepotente y sepamos trazar las sensaciones, nunca se encontrará un auténtico respeto a la profesión. Porque mientras el crítico valore el cine como una suma de las partes y no como un todo con entidad propia, sus lectores no valorarán su trabajo como algo más que una opinión cualquiera.

  • El plano adecuado

    No hay una única manera de hacer una película, pero podemos decir que sí hay una serie de criterios que permiten evitar caer en los errores más comunes. Cuando uno empieza a aprender cosas en esto del cine – ya sea a través de profesores, lecturas o charlas – entiende que la necesidad de pensar un plano nace de unos conceptos perceptivos muy básicos: si quieres empequeñecer al personaje muéstralo en picado, si quieres enrarecer el ambiente, inclina la cámara. Todos esos pequeños trucos no son unas normas firmes si no unas guías muy flexibles que te permiten transmitir a niveles muy básicos. Pero cuando realmente empiezas a pensar los planos las cosas son muy distintas, ¿y si la atención no está puesta en el personaje si no en aquel que lo observa? ¿Y si lo que quiero no es mostrar que el ambiente es incómodo si no que es el propio personaje el que se siente incómodo? ¿Cómo puedo hacer para que este plano sea consistente con el siguiente?En realidad, la pregunta más prioritaria para responder antes que todas esas cuestiones no es un asunto intelectual si no puramente materialista: ¿De qué medios dispongo para transmitir lo que yo quiero? Imaginemos por un momento un estudiante que llega a su facultad, esperando que esta se encuentre tan animada como siempre pero esta se encuentra vacía. El personaje no se ha dado cuenta nada más entrar porque estaba distraído, pero cuando levanta la vista allí no hay nadie. Imaginemos que queremos usar un travelling en retroceso desde un plano medio del estudiante entrando en el pasillo a ver el conjunto del pasillo completamente vacío. ¿Cuánto cuesta alquilar un travelling? Pongamos que unos 150 euros al día y nuestra producción es modesta y no puede contar con ese gasto. ¿Tendremos que resolver la secuencia en dos planos fijos, uno del plano medio del estudiante y otro en escorzo mostrando el pasillo vacío? Es una solución, pero el efecto es distinto, no está tan cargado de solemnidad y hace parecer que ese pasillo vacío es algo más trivial. Al final vemos como la gramática de la película se supedita a la disponibilidad de los medios.

    Entonces, tenemos claro que la elección de un plano depende de lo que se quiere transmitir y de cómo podemos permitirnos transmitirlo. Pero hay un factor más. Pongámonos en un ejemplo más particular. John Cassavetes rueda en 1974 su película “Una mujer bajo la influencia”, la dramática historia de una madre emocionalmente inestable que, en un momento del relato, se ve obligada a ingresar en un hospital y vuelve meses más tarde, sin haber visto a sus hijos – todos pequeños – desde entonces. Nada más llegar de vuelta a la que sigue siendo su casa, la mujer (interpretada brillantemente por Gena Rowlands) pide ver a sus hijos, que se encuentran en la habitación contigua, observando a su madre desde una puerta acristalada y tapada por una cortina.

    Y aquí viene el asunto. Podríamos hablar de la intención formal de Casavettes, como han hecho muchos analistas más afortunados que yo, podríamos hablar de su falta de medios que le ha convertido en el padre del cine indie norteamericano. Pero vamos a hablar de otro factor al que el director ha supeditado totalmente el siguiente plano. Rowlands entra a ver a esos hijos a los que no ve desde hace seis meses, su estabilidad emocional se pone a prueba en ese momento, los niños la reciben con un “Hola mamá”, “Mamá, te queremos” en un tono parco, casi atemorizado. Rowlands no puede contener las lágrimas mientras mira a sus hijos. Pero ¿y los niños? ¿Por qué Cassavetes no nos enseña a los niños en ese momento? ¿Por qué no vemos su reacción o el punto de vista de la madre? En su lugar, tenemos un plano muy cerrado y cámara al hombro de la mujer llorando. Es muy sencillo: mostrar a los niños en este momento distraería la atención de lo relevante, que es el dolor de la madre al verse separada de sus hijos y el estallido de sus emociones. No necesitamos saber lo que está viendo asi que, un plano de los niños en ese momento, sería un gesto no ya de subrayado si no de sensiblerismo. A Cassavetes le interesa el univeros interno de esa madre, el estallido emocional, y no la causa. Centrarse en los niños sería chantajear emocionalmente al espectador para que se pusiese en el lugar de la madre de manera artificiosa “¡Mira a estos niños tan monos!” nos diría “¡Míralos y piensa que son tus hijos, que no los has podido ver!”.

    El director si llega a enseñar los niños en la misma secuencia, pero solo después de que Rowlands salga de la habitación, se seque las lágrimas y llame a su hija, sonriente. El primer impacto de ver a los niños ya ha pasado, la reacción es otra. El no incluir a los niños nada más entrar en la habitación no es una decisión formal, pues el contenido estaría expresado igualmente con el plano de los niños o sin él ( e incluso sería menos arriesgado supeditarlo todo a la interpretación de Rowlands), ni es una decisión de medios, porque un plano más en esa escena no sería un problema económico o logístico de ningún tipo.  Es una decisión ética. Cuidado, aquí hay un riesgo: da la sensación de que entramos en un terreno de valorar moralmente las películas, algo que siempre es confundido por los pacatos de turno cuando se refieren al contenido o al mensaje; pero hablamos de algo distinto, hablamos del acuerdo tácito entre el director y el espectador. Cassavetes sabe que no necesita mostrarte los niños y tu, inconscientemente, lo agradeces mientras la escena fluye orgánica. Y por eso plano tan cerrado y movido es el más adecuado posible.

  • Apuntes rápidos: “El espacio del cine se empequeñece”

    Con las palabras del título termina Albert Serra esta entrevista en Sight & Sound. Pertenece a esa raza de directores a los que esa situación no debería preocuparles: su espacio de proyección es pequeño, sí, pero fiel y entregado. No solo Serra, sino gente como Jose Luis Guerín o Sergio Caballero, pueden permitirse seguir fieles a sus pretensiones cuando estas se ejecutan a un nivel bajo. Con “bajo” quiero referirme a la ausencia de presupuesto y medios, pero no a la ausencia de ambiciones. Es más, ese cine “pequeño” es, por su propia condición, más ambicioso que ningún otro.

    Sin embargo, todos notamos que si bien la presencia de esta clase de cineastas es ahora más accesible y prolífica que nunca, el “espacio del cine” parece haber delimitado tan solo dos extremos: el ya mentado y el del megablockbuster, donde las franquicias, el 3D y el Cine Evento domina por encima de todo. Pero, ¿que pasa con los espacios intermedios? ¿Dónde queda la “virtud” aristotélica? Es evidente que la amplitud de oferta ha desplazado a muchos cineastas, como es el caso de Francis Ford Coppola y su reciente “Twixt”, un juguete en manos de un cineasta que coronó Hollywood; pero también ha permitido que otros se reciclen cuando más perdidos estaban, caso de Kevin Smith con “Red State”, un caso de producción y distribución imposible en el pasado reciente. Estas dos últimas películas estaban presentes en el pasado festival de Sitges, de donde me fui con la sensación de una creciente oleada de cine “pequeño” que, en principio, no pertenecen al mismo cerco que la gente como Serra se han marcado para sí mismos. Allí estaban también “Extraterrestre”, de Nacho Vigalondo, que funciona por su economía de medios expandiéndose en una dirección inusual en su género, “Diamond Flash” de Carlos Vermut – que lamento no haber podido ver aún, siendo como es ya de culto – la rareza “Hellacious Acres: the case of John Glass” de Pat Tremblay o “Love” de William Eubank. No se si la falta de presupuesto agudiza el ingenio, pero no me cabe duda que dispara la pasión por el cine.

    ¿Qué consecuencias tenemos? Aquel cine “intermedio” que podía permitirse resultar atrevido y apelar al público por afinidades y no por estadísticas se ha visto desplazado a un no-lugar. Y de ese no-lugar se asoma extraño y misterioso. No es la situación idónea, pero desde luego hace fructificar cosas muy hermosas. Por otro lado, siempre habrá espacio para películas tan dispares como “Buried” de Rodrigo Cortés o “Super” de James Gunn, capaz de encontrar otros modos de llegar a la gente cubriendo un espacio para voces como las suyas. Hay que hacer hincapié que esto no es el mismo fenómeno que trajo a – de nuevo – películas como “Clerks” de Kevin Smith o “Pi” de Darren Aronofsky, ni tan siquiera a gente como Jim Jarmusch o John Waters. Ya no se trata de encontrar nuevos huecos de mercado, sino de crearlos de la nada. Cada película como su propio mercado. Iniciativas como Jouli Sit! del cortometrajista Pablo Hernando – autor del hermosísimo corto “Agustín del futuro” –  me despiertan un profundo interés y satisfacción por ver como se desarrollan nuevas maneras de entender el cine como industria. El espacio tradicionalmente asociado al cine puede haberse empequeñecido, pero, mientras tanto, algunos cineastas ya están crean nuevos y múltiples espacios futuros.

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